Una noche soñé que tenía un hijo adolescente, y quedé completamente encantada. Era alto, con cabello rizado y castaño como el mío, piel blanca, ojos cafés y siempre bien vestido. Su voz, profunda y resonante, era perfecta para narrar historias o trabajar en el doblaje de voces.
Era un joven tranquilo y muy respetuoso. Aunque no siempre demostraba afecto de manera tradicional, encontraba otras formas de expresar su cariño, y en el sueño, yo lo adoraba. Sentía que había cumplido mi más profundo deseo: «Ser la madre que siempre soñé tener».
Antes de que juzguen, quiero aclarar que mi madre no es mala. Solo me habría gustado que estuviera más presente en mi infancia y que fuera más comprensiva con algunas cosas. Sin embargo, sé que hizo lo mejor que pudo bajo las circunstancias de ser madre soltera con un trabajo demandante.
Volviendo al sueño, mi hijo y yo éramos muy unidos. Juntos fuimos a una boda. Al parecer, era la boda de mi hijo mayor, quien era idéntico al primero que describí, salvo por el cabello, que era negro y ondulado.
En la boda, noté cómo mi hijo menor, introvertido y reservado, contrastaba con el mayor, quien irradiaba la energía de un Golden Retriever en su máximo esplendor. Me llenó de emoción ver a los hijos de mis mejores amigos, quienes, al igual que los míos, eran de edades cercanas y compartían una fuerte amistad. Mientras tanto, mi hijo menor se juntaba con los hijos de mi hermano menor y mis primos.
Recuerdo que, en un momento especial, mis dos hijos me sacaron a bailar. Veía en sus ojos un cariño tan profundo que me derritió el corazón. Sabía entonces que había hecho bien mi papel como madre; mis hijos me querían y se habían convertido en hombres de bien. Esa sensación me llenaba de orgullo y alegría, pero todo se desmoronó cuando desperté. Volví a tener 23 años y mis hijos ya no estaban. La tristeza me invadió, y ahora me siento vacía, porque ya no tengo a mis hijos.

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